Voy a empezar acordàndome el dìa que te conocí. Es decir, el día que aprendí tu nombre (como olvidarlo, es un nombre particular, como el mío... con todo lo que eso lleva detrás...).
La verdad es que te veía en la oficina. Mejor dicho, no te veía, te miraba (dejame decirte que hay una diferencia abismal entre mirar y ver...) Era el día que se hacía el evento más importante de la empresa al cual iban a asistir cerca de 500 personas, contando entre ellos a los tienen, digamos, el pito más largo. Llegué tarde, dormido, con una perfecta mezcla de baba y pasta de dientes maquillando la sonrisa más parecida al guazón que supe mostrar. Me encararon dos gerentes de la empresa que estaban en la pomada de la organización al grito de:
"Si!!! Vos sos Néstor!!!" (Es decir, acababa de aceptar actuar adelante de muuucha gente yo, un tipo que teme horrores el ridículo pero que un poquito le gusta la exposición, del ex Presidente Neshtor...)
Por supuesto que con tres horas de sueño encima, la baba, la pasta de dientes y el malambo que el ballet estable del Colón estaba bailando en mi cabeza, y teniendo que cuenta que no tengo el si fácil, si no en cambio el no anulado, casi inconscientemente dije que si. Hable con mi jefe y, con tal de zafar el día laboral me fui de la oficina. Recuerdo estar en ese momento atravesando la separación con mi ex, y estar en el más algido punto de la disputa por... todo. Cuando apareciste, pisando fuerte y sin pedir permiso, tirando toda tu impronta como la mejor carta de presentación (que sabés que tenés y sobre todo, como usarla para el más estratégico y efectivo mind-fucking que jamás haya catado este somellier) y me dijiste, como si me conocieras desde que le robaba la afeitadora al marido de mi mamá y jugaba a que tenía barba, entrando en esa precisa escena de mi vida, como cortando mi inercia con un... no, con un cuchillo no... a vos un cuchillo te queda chico... digamos que si... a vos te sienta bien una motosierra... en fin, mientras yo casi disfrutaba mi eterna discusión y ataque de nervios, me dijiste:
"Mirá, las minas somos así, somos conchudas y si te enroscás te vas a volver loco. Apagá ese teléfono."
A partir de ese momento, de algún modo, tal como esas situaciones y momentos que ni siquiera imaginás en tus delirios, yo, por lo menos, sentí algo así como un cable que se conectaba a una fase de mi instalación electrico-espiritual que desconocía, o por lo menos hacía mucho no le encendía el switch.
Bastante para las (casi) 5am, no?
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